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Periódico universitario UCM en la web 2.0

Música y músicos frente a un nuevo paradigma

De la mano de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que comprenden y se desarrollan a través de la red Internet, las estructuras de consumo se transforman hasta alcanzar una complejidad inusitada y densa, en la que no es fácil la inmersión teórica, aunque verse envuelto por ella es inevitable.

Ocupando estas tecnologías, de manera creciente, nuestro tiempo de ocio, no es de extrañar que sea el sector del arte y el entretenimiento uno de los principales protagonistas, como la experiencia personal y la contextualización historiográfica evidencian, del mencionado giro en el consumo. Y dentro de este sector sobresaliente, toca cúspide la música. ¿Por qué? Existen diversos factores que explican esto.

En primer lugar, en el siglo XX encontramos un proceso por el cual se industrializó la música, en su creación y consumo, más que ninguna otra de las seis “bellas artes” clásicas, dejando probablemente a la literatura, aunque a distancia notable, en segundo lugar. Esto fue posible a las nuevas tecnologías de grabación, como el fonógrafo, y particularmente a la aparición de la radio. De este modo, aparecen nuevas y mucho más amplias redes de consumo; la cultura musical se expande y se derrama hacia todo sector social; la distribución encuentra grandes vías desbrozadas para llegar a un público masivo. Esto erige sistemas económicos y culturales inéditos, que se van a entrelazar.

La inmersión en la estructura económica de la cultura, que en cierto modo es a la vez superestructura, es un caso especialmente curioso para el análisis, pues vemos que, como en una espiral, la producción determina al producto y el producto a la producción, en una vorágine que tiende a hacerlas inseparables.

Así, en progreso con el transcurso del siglo, la música popular fue ocupando mayor terreno frente a la música denominada culta en los espacios de publicidad, de producción, de inversión, y de comercialización.La música popular adquiría una nueva condición al hilarse a estos procesos económicos, pues hasta el momento había sido una música espontánea, auténticamente “cultural”, folclórica, germinada de las clases sociales que no contaban con medios, de nuevo económicos, para estudiar y consumir en gran medida la música culta, ni con la existencia, por supuesto, de medios para la grabación física. Pero al convertirse la música en área de explotación y generación de beneficios, se busca un público lo más amplio posible y un producto adecuado a él en máxima medida.

Hoy en día este tipo de música ya viene definida por los procesos económicos, pues, reflexionemos: ¿Tienen algo de folclóricas las composiciones populares actuales? Más bien vienen dadas por “movimientos” de tendencias de consumo, por modas, géneros y estilos (rock, punk, rap, reggaeton, trap…), muy indiferentes a fronteras.

El componente clave para la aparición de estos géneros o modas es la estructura en la que se consumen, y no la adecuación con una cultura, de la cual surjan. De hecho, a menudo la música es generadora de identidades y “subculturas”, dentro de un proceso nada accidental muy dirigido a la adolescencia, en el que esta identidad se completa con otra vías económicas, como la ropa que se viste o las actividades que se realizan. Así es como adquiere tintes, el producto cultural, de superestructura; y es muy interesante ver cómo la música fue, de manera notable en el mundo anglosajón, depositaria y canalizadora de diversos movimientos sociales, a veces antisistema y anticapitalistas, cuando la razón última que permitía la creación musical era la generación de beneficios.

Entre otros factores que explican la industrialización masiva y revolucionaria de la cultura musical se encuentran la facilidad de distribución de la misma, su carácter inmaterial, y otras características propias que la convierten en un bien muy consumible, y muy explotable por tanto. No corresponde ni encarna una necesidad, pero nótese que tampoco hastía, y por lo tanto, si hay excedente, no es por haber producido por encima de las necesidades sino más allá de la capacidad física de escucha. Este último punto también va a verse resuelto con el “salto” digital, como vamos a ver; no obstante, la principal razón que explica todos los procesos comerciales y económicos que investigamos es la relación entre música y tecnología.

En absoluto es extraño, por tanto, que esta gran estructura económica, tecnológica y cultural erigida en torno a la música y su consumo, fuese muy atendida y renovada en consecuencia de la revolución industrial que supuso la masificación de Internet, los ordenadores personales y los teléfonos móviles inteligentes. Veamos, esquemáticamente, cuál es el perfil de este nuevo paradigma, para mejor entender la situación actual:

En primer lugar aparecen nuevos modos de almacenamiento y registro de la música, gracias a Internet y a la llamada “nube”, que sustituyen y remata a la larguísima serie de tecnologías de grabación que desfilan desde el siglo XIX. Estos medios son, al mismo tiempo, más eficaces, más eficientes y más cómodos, y conllevan a la segunda característica del nuevo modelo.

La distribución se hace infinitamente más sencilla, pues prácticamente viene cumplida ya con el hecho del almacenamiento, viniendo a ser una misma actividad: el acceso del consumidor al producto se realiza con el acceso al espacio virtual en el que este ha sido depositado, en sustitución del viejo proceso que significaba producción en masa de materiales, distribución internacional e intermediación de comercios.

Asimismo, para el público el consumo se hace mucho más sencillo y amplio, pues su coste disminuye hasta lo nimio, la capacidad de elección se expande exponencialmente y sus medios son mucho más manejables que los de antaño, y son aquellos que les acompañan en el día a día (sus teléfonos móviles).

No desviemos la atención de este factor, la disminución del coste, pues es uno de los protagonistas a señalar de este proceso. La principal razón por la que la industria musical se ha transformado por completo en estas dos décadas (de manera defensiva en los 2000 y de forma triunfal en los 2010) ha sido por el cambio reflejado en los costes que una nueva situación tecnológica y económica conllevaba. Con Internet se habría un campo de descargas gratis de música y de “piratería” online, y de nuevas plataformas de streaming como Youtube en la que acceder, de forma inusitada hasta entonces, gratuitamente a infinidad de producciones musicales.

Para un público que había sido estimulado, durante décadas, por grandes empresas internacionales para convertirlo en consumidor masivo de música, y habiendo conseguido convertir la misma en un producto muy demandado, connotándolo de cargas identitarias y sentimentales, esta apertura y puesta del mercado en libertad fue irresistible, lo cual supuso una ardua y larga campaña de protección de derechos comerciales y persecución contra la piratería, tratando de desmantelar estas vías tecnológicas que quebraban la estructura beneficiara para las empresas.

Se hizo a través de plataformas como Itunes, que, en gran parte, desde una aproximación conceptual, no era sino un intento de trasladar los viejos procesos comerciales a la nueva plataforma. Sin embargo, no fue hasta la década de 2010 que el sistema empresarial dio con el medio adecuado y terminó de diseñar la estructura pertinente para el nuevo paradigma. Es a través de grandes plataformas como Spotify, un Youtube rediseñado y otros programas o sitios web similares como se redefine el entramado actual.

La industria musical ha logrado con ello adaptarse al nuevo modelo, gracias a plataformas que plantean, esta vez sí, un remodelado de la entera cadena económica. Nótese que respecto al cine, la otra industria cultural líder durante el siglo XX, y para hacer frente a idénticos problemas, ha adoptado plataformas que funcionan del mismo modo: Netflix, HBO, etc. Todos son medios streaming en los que, en lugar de pagar de manera paralela al contenido, se paga el derecho al acceso ilimitado al mismo. Se generan, a través de ellos, sistema de manejo y explotación de la información del usuario, se añade al circuito de la publicidad, y se trabaja por potenciar el consumo.

Así, para el usuario, es mucho más sencillo el consumo y la elección del mismo, puede individualizarse y “perfeccionarse” el mismo, pues se le amplía la oferta hasta un horizonte sideral.

En general, ¿qué observamos en todo esto? Una estructura en cierto modo sólida, apilada sobre hábitos muy concretos y espacios virtuales inapelables. Pero también, como es característico de la época, un sistema muy líquido, precario y fugaz. Las nuevas relaciones de consumo y producción están diseñadas desde las cúspides empresariales, y para beneficio de las mismas; los músicos no son, desde aquella perspectiva,más que mano de obra, capital humano como para cualquier otro sector, y, en respuesta a la ontología industrial, cuanto menor sea el coste del mismo, mejor.

Se trata esto de la culminación de un proceso del que señalamos sus comienzos, allá en los inicios del siglo XX con la posibilidad de la grabación física y distribución musical. En efecto, cultura y economía se han hecho de nuevo inseparables, y aquella queda dominada por esta. Los artistas se adaptan a las actuales características económicas, y lo hacen de manera calcada a sus propiedades. Si la gran potencia de nuestro tiempo es la distribución e interconexión, los músicos tienen a día de hoy una capacidad inusitada para dar a conocer su trabajo y difundirlo. El principal problema, la precariedad; el trabajo del artista ha de reflotar sobre una oferta masiva, y se encuentra en una situación volátil y mal remunerada.

Como se anticipó, nos encontramos ante un complejo e interesante tema, en el que, aun recorriendo mucho trecho, no estaremos más que introduciéndonos. Señalamos a las personas interesadas textos con los que puedan seguir en la inmersión:

Impactos de las nuevas tecnologías en la industria musical de  Nicolás Cohnheim, Damián Geinsinger y Ernesto Pienika, de la Universidad de Uruguay.

Nuevas formas de distribución de la música popular en la cultura contemporánea de Pedro Buil Tercero y Jaime Hormigos Ruiz, en Methaodos “revista de ciencias sociales”.

¿El declive del significado social de la música? de Ion Andoni del Amo, Arkaitz Letamendia y Jason Diaux, en Revista Crítica de Ciências Sociais.

The music industry: Music in the cloud de Patrik Wikström

Para ayudarnos a comprender mejor la actual realidad de la industria musical, conseguimos entrevistar a Ede, una artista emergente madrileña:

También conseguimos que algunos jóvenes participaran en una encuesta general para analizar la forma que tienen de consumir música en la actualidad: