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Periódico universitario UCM en la web 2.0

¿Monarquía o república? Los jóvenes opinan

¿Monarquía o república? Los jóvenes opinanA día de hoy, mientras se sigue manteniendo la cuestión de la organización territorial del Estado y, en este sentido, la necesidad de la reforma de la Constitución de 1978, los españoles se plantean la necesidad de un nuevo sistema como la república, a la vez que otros sectores apuestan por la supervivencia de la monarquía parlamentaria.

Nos encontramos ante un entramado de ideas que dificultan, en muchas ocasiones, lo positivo y negativo de ambos sistemas, así como las funciones que reúnen cada uno. Queremos analizar ambas posiciones advirtiendo, de forma simple y concisa, sus respectivas funciones más elementales.

La jefatura del estado en una monarquía parlamentaria como la española la ostenta el rey, frente a un premier que preside un gobierno de gabinete (consejo de ministros). El presidente del gobierno es elegido por un parlamento que, a su vez, es elegido por sufragio popular mediante elecciones libres, periódicas y justas.

Así pues la legitimidad es de origen, es decir, la constitución circunscribe la jefatura del estado en la figura de un rey, regula sus funcionamientos y potestades, su financiación, la línea sucesoria y demás cuestiones. El problema aquí es que la lógica democrática exige la renovación periódica de los cargos, como sucede con los políticos. La “x” de la cuestión es que en España el rey es vitalicio y no está sujeto a la lógica democrática. No responde por sus actos, gestión ni inclusive por la alta representación del estado, salvo en casos excepcionales como de supuestos delitos.

En una monarquía parlamentaria el rey reina pero no gobierna, lo que no significa que, en determinados momentos, pueda jugar un papel de conciliación, por lo tanto de arbitraje, pero sin gobernar. Este tipo de actuaciones sugiere un vínculo entre las relaciones que mantiene España con países terceros, por lo que puede favorecer, hasta cierto punto, las amistades en política exterior.

La monarquía ha logrado ser compatible, durante más de treinta años, con la democracia establecida en España. Es cierto que desde la transición política ha gozado de un alto grado de opacidad, respondiendo al hecho de que un país como España tenía que llevar a cabo un cambio de régimen político de forma pacífica y prudente. Pero hoy esta situación está superada y no se puede actuar desde el eterno agradecimiento. En la actualidad somos una democracia, joven cierto, pero completamente normalizada, con instituciones asentadas y sometidas al imperio de la ley. De este modo, si los españoles deciden apostar por el continuismo monárquico es necesario implantar la transparencia, necesaria por y para la seguridad y confianza de la ciudadanía ante la esfera política.

En una república las tornas se cambian y, por supuesto, su funcionamiento es diferente.  El jefe de estado y el presidente del gobierno pueden ser la misma persona. Cuando no es así, por lo general el jefe de estado es designado por el presidente o simplemente la figura no existe o tiene una relevancia muy residual.

El jefe del estado ostenta poder y es elegido por sufragio popular. Cuando es elegido por el ejecutivo, por lo general responde ante él y puede ser depuesto del cargo. Diríamos pues que es así como un cargo designado, a dedo o por consenso de otras formaciones políticas, que perdurará en el cargo tanto como su designador permanezca en el poder o mantenga la confianza en él. No obstante, podríamos decir que el ciudadano tiene cierta competencia para reelegir o expulsar del cargo, además de demostrar su opinión ante los actos realizables del gobierno.

Quizás desde una perspectiva cercana y retrotrayéndonos a la historia política española, veríamos que la república es el producto de la propia experiencia. Si se instaurase un sistema como éste, podrían sufrirse los mismos defectos y gozar de las mismas virtudes que la monarquía parlamentaria. El problema está en que se instaurase una república en el contexto de una enorme beligerancia social interna del país, tal como ha ocurrido anteriormente en España. Así pues, estaríamos ante un régimen político sin los apoyos suficientes para la supervivencia y las consecuencias que ésta podría ocasionar en la realidad del contexto actual. La conclusión está en arriesgar con fuerza y prudencia atendiendo a cada uno de los errores surgidos en el pasado o reforzar un sistema que durante tres décadas ha mostrado tener cimientos fuertes y nada endebles.

Las nuevas generaciones concentran una grata división en cuanto a sus posturas. Aludir a que la república es sinónimo de modernidad no sería un buen criterio a seguir. Las distintas alternativas están servidas. Existen sectores de la juventud que admiran el papel del monarca y aseguran estar dispuestos a continuar con la monarquía parlamentaria bajo la figura del actual príncipe Felipe. En contraste, gran número de jóvenes enfatizan con el movimiento republicano, rechazando así el sistema vigente. Éstas son sus opiniones.

 

Sea como sea, no hay que olvidar que se trata de individuos que han nacido en una democracia ya consolidada y que el régimen anterior es pura historia. Y, en este sentido, consideramos que está cerca el punto de cerrar las puertas de la transición política española, aunque todavía no lo hemos hecho.