La despoblación rural hacia las ciudades es un fenómeno social que, con el paso de las décadas, ha ido aumentando y pone en riesgo la existencia de los pueblos en los próximos años

En los rincones más remotos de España, un fenómeno silencioso pero persistente está cambiando la faz de nuestras comunidades: la despoblación rural. En las últimas décadas, los pueblos han sufrido una estampida de gente que, por razones familiares, laborales o personales, han decidido emigrar a los grandes núcleos urbanos en busca de una mejor calidad de vida.

La despoblación rural no es solo una cuestión demográfica, es un fenómeno multifacético con raíces profundas en la economía, la cultura y el medio ambiente. El éxodo de habitantes hacia las ciudades, impulsado por la falta de oportunidades laborales, servicios básicos precarios y una calidad de vida decreciente, ha dejado a muchos pueblos en un estado de declive constante.

Sin embargo, este desafío también es una llamada de atención para la innovación y la colaboración. En medio de la adversidad, surgen iniciativas locales y políticas públicas orientadas a revitalizar estas zonas olvidadas. Desde proyectos de turismo rural hasta la promoción de la agricultura sostenible, se están explorando nuevas vías para reactivar la vida en el campo. «Los pueblos ofrecen todo lo que tienen, que es vivienda vacía (…) al propietario del bar, que es el centro de las relaciones sociales, no le cobran los impuestos, hacen todo lo que pueden», afirma el sociólogo Emilio Martín Martínez Gutiérrez, profesor de sociología aplicada para la Universidad Complutense de Madrid.

Pero el camino hacia la recuperación no es fácil. Se requiere un enfoque integral que aborde las causas subyacentes de la despoblación, al tiempo que se fomente un espíritu de comunidad y resiliencia. La colaboración entre gobiernos, empresas y sociedad civil es fundamental para encontrar soluciones duraderas y equitativas.

Principales causas de la despoblación

Desde que el ser humano dejó la vida nómada para pasar al sedentarismo empezó a asentarse cerca de las fuentes de recursos naturales: con tierras fértiles para cultivar, ríos con agua para beber, regar y mantener el ganado, yacimientos minerales… Y cuando unas zonas tenían mejores condiciones que otras eran capaces de reunir una cantidad de población mucho mayor.

Esto se ha venido repitiendo y acentuando a lo largo de la historia conforme fueron evolucionando las tecnologías que ayudaban a realizar los trabajos del sector primario. Cada vez había más personas y menos trabajo que hacer en los pueblos, por lo que muchos se mudaban a las ciudades, donde había más posibilidades de conseguir un trabajo, sobre todo a raíz de la revolución industrial que fue en los grandes núcleos urbanos de cada país donde se establecieron las fábricas. 

En las últimas décadas han aparecido trabajos más cómodos (aunque con horarios más estresantes) a la par que servicios públicos que favorecen el bienestar de la población: sanidad, educación, luz, gas. Sin embargo, estas condiciones llegaron a las urbes mientras las zonas rurales siguieron en condiciones similares. Así que, en busca de una vida más plácida, los jóvenes de los pueblos siguieron emigrando hasta llegar a la situación actual.

A pesar de que el éxodo rural es un tema que tratan los políticos cada vez que hay elecciones, no se ponen en marcha políticas efectivas que ayuden a combatirlo, más bien todo lo contrario. La gente que queda en los pueblos es poca y de avanzada edad, por lo tanto al Estado no le compensa gastar dinero en mantener centros sanitarios o escuelas, entre muchos otros servicios, y optan por suprimirlos. 

¿Cómo afrontan los pueblos estas adversidades?

Los alcaldes de los pueblos se enfrentan a un reto mayúsculo para hacer que sus ciudadanos decidan quedarse en vez de huir hacia las grandes ciudades. No lo tienen fácil. Estas urbes ofrecen a los jóvenes oportunidades de trabajo, de ocio y un plan para vivir más estable que estar encerrado en un pueblo que cada vez tienen menos para dar y más complicaciones que asumir. Pero no se rinden fácilmente e intentan con medidas políticas ganar esta lucha. 

La principal medida que toman los alcaldes para luchar contra ello es la vivienda, más barata que en la ciudad. Lo que es el principal problema en las ciudades, aquí lo toman como una ventaja por la cual asentarse. Ofrecen ayudas económicas para comprar y los precios se reducen considerablemente; el metro cuadrado a 500€ cuando en las principales ciudades se encuentra a 1.000€ o 1.500€. En algunos casos llegan a ofrecer viviendas vacías de forma gratuita.

La vida en los pueblos es mucho más tranquila y menos estresante (no se pierde tanto tiempo cada día en ir y volver de trabajar), más barata y saludable (no hay tanta contaminación y los alimentos no están tan procesados), por eso muchos vuelven de las ciudades en épocas de vacaciones o después de jubilarse, incluso algunos aprovechan que tienen la posibilidad de teletrabajar, pero para quedarse a vivir y trabajar hay más dificultades, porque pocos quieren renunciar al modo de vida que ofrecen las ciudades. “La gente de los pueblos no tienen que ser considerados como ciudadanos de segunda. Tenemos mejor calidad de vida, menos estrés y muchas oportunidades”, afirma Héctor Gregorio, actual alcalde del municipio de Jadraque (Guadalajara).

Vistas al futuro

La situación de las zonas rurales queda marcada en pos de las necesidades humanas. Existe un incremento de población inmigrante que busca, más que vivir, malvivir. Los nuevos habitantes se sitúan en el marco de la necesidad para afrontar una vida nueva y aceptan los trabajos más forzados físicamente y que la mayor parte de gente las rechaza. Los oficios de campo son repudiados por los jóvenes que deciden emigrar a los privilegios y oportunidades de las grandes urbes. Según datos ofrecidos por El País, “casi el 10% de la población rural española, en municipios de menos de 10.000 habitantes, ha nacido en el extranjero” y “entre un 10% y un 20% los habitantes que superan los 80 años de edad”. 

Además, poco a poco se está experimentando un cambio de ruta. Según muestran los análisis del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, los pueblos de menos de 5.000 habitantes registraron más de 220.000 empadronamientos desde 2018. Este éxodo urbano se aceleró, sobre todo, tras la crisis sanitaria provocada por la pandemia y vienen manteniéndose en estos últimos años. No se puede decir que sea un fenómeno aislado, sino que está empezando a ser una tendencia que, en el largo plazo, puede ayudar a la supervivencia de las zonas rurales.