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Periódico universitario UCM en la web 2.0

Juguetes sexuales: vibraciones positivas

En el siglo XIX existían varios adjetivos distintos para designar a las mujeres. Ángeles, dóciles, amas de casa, buenas… Aquellas que no cumplían esos parámetros eran simplemente histéricas. La palabra “histeria”, que proviene del griego ὑστέρα, que significa útero o matriz, era utilizada con frecuencia para, según el diccionario etimológico, “se le asignaba a las mujeres cuando sufrían un problema en el útero, que las hacía entrar en caos y en crisis nerviosas”.

Esta definición, tan abstracta, hizo que, según Rachel P. Maines, autora de La tecnología del orgasmo, “durante 25 siglos se diagnosticara como histéricas a las mujeres con síntomas tan diversos como insomnio, desfallecimientos, retención de fluidos o irritabilidad”.

En 1880, el doctor Joseph Mortimer Granville, cansado de practicar masajes manuales en los genitales a sus pacientes histéricas para curarlas, decidió fabricar y comercializar lo que sería el primer vibrador de la historia. Esto dio lugar a una “gran variedad de vibradores que funcionaban con corriente eléctrica, con baterías o gas o incluso a pedales” y se comercializaban como instrumento que sería “para la tensión y la ansiedad femenina”.

Por suerte, el mercado de la sexualidad ha evolucionado tanto en hombres como en mujeres y, actualmente, el vibrador (anteriormente mal denominado consolador), es un elemento que en la última década ha cambiado mucho y se ha colado poco a poco en las vidas de los consumidores.

Hace diez años, por ejemplo, resultaba imposible creer que un producto de la industria sexual coparía portadas en los medios de comunicación nacionales, aumentaría su venta en un 1.300% en tres meses y se convertiría en tema de conversación en muchas familias. Pero el “satisfyer” ha venido para quedarse, y lo mismo con la industria del sexo, que cada vez es mejor valorada entre los jóvenes.

Actualmente, con la cuarentena impuesta por la pandemia del Covid-19, virus surgido el pasado 2019 en Wuhan, una provincia de China, las ventas de los juguetes sexuales han aumentado un 135%, un 50% de lo que se tenía previsto en este tipo de mercados que están al alza.

¿Ha cambiado nuestra forma de vivir la sexualidad? ¿Por qué cada vez utilizamos más juguetes sexuales en nuestro día a día? ¿Nos sigue dando vergüenza ir a comprarlos o ahora con internet es un mercado mucho más accesible que antes?

Andrea Gómez, usuaria, cree que el aumento de las ventas es debido a que “las mentes son cada vez más abiertas” y a que “las mujeres tienen menos vergüenza a hablar sobre sexualidad y a explorarse a sí mismas”. Sandra Gutiérrez, por su parte, lo asocia más al aumento de la publicidad, porque “de repente, ha habido un montón de actrices jóvenes que publicitaban que tenían el satisfyier. Eso hizo que muchas de nosotras viera que no es necesario ser una “cuarentona amargada” para tener un juguete sexual”.

Pedro López considera que se debe a que “se ha roto un poco ese concepto tradicional de relación sexual y se ha normalizado mucho la introducción de juguetes y accesorios, y eso ha potenciado que hoy en día los juguetes sexuales sean un compañero en las relaciones sexuales de todos”.

La profesora de la UCM y experta en sociología, Amparo Lasen, prefiere hablar del efecto que ha producido este aumento sobre la sociedad y lo hace de una manera cauta, refiriéndose en primer lugar un “mantenimiento” o un “ligero incremento” en las ventas de este producto. En cuanto a los efectos que produce en la sociedad Lasen apela a dos cuestiones. Por un lado, a la compra en sí, asociada dentro de una sociedad consumista como la que asegura, es la nuestra y, por otro, a la utilización en sí de estos juguetes, pudiendo esta delimitarse al uso personal o extendiéndose al sexo en pareja.

Ligero o no, otra de las razones que han supuesto el incremento de esta industria son los múltiples puntos de venta online disponibles, lo que hace la transacción mucho más discreta. Pedro López cree que comprar es “honesto”, ya que “tienes curiosidad por mantener viva la llama” y considera la experiencia como algo “positivo, que no va a restar y que muchos y muchas deberían considerar”.

La profesora Lasen, si bien está de acuerdo con esta idea, señala que el hecho de adquirir determinados juguetes, sobre todo de forma presencial, es algo que les sigue costando a muchos usuarios ya que los sex shops son lugares “con los que no están familiarizados”. “Tendríamos también que diferenciar entre grupos de edad, orientaciones sexuales, etc, pero es razonable pensar que para una buena parte de la población ir a un sex shop no es algo que hagan regularmente” y añade, en esta línea que la compra online “facilita el éxito de estos productos”.

No obstante, el aumento de interés en esta industria también ha llevado a que el precio crezca. Gutiérrez considera el coste es “bastante abusivo”, pero cree que en parte se debe a que “no sabemos dónde comprar” ya que “hay sitios que son más baratos porque tienen menos publicidad”. María González, otra usuaria, cree que el precio “no es excesivo porque no es u artículo de primera necesidad”, sino un “capricho” enmarcado dentro del lujo.

Con respecto a los prejuicios que puede acarrear la comprar de estos juguetes, Miriam Pizarro, otra usuaria, cree que eso “depende de la persona” porque “gente más mayor te ve comprar ciertas cosas o te escucha decir que las usas y sí que te critica, pero hay de todos los tipos”. González cree que “sí se cuestiona mucho, sobre todo a las mujeres” porque “todavía no está interorizado y todavía se dice lo típico de que es que no tiene relaciones sexuales, es una viciada…”. López, usuario masculino, cree que no se estigmatiza porque “hoy en día es algo normalizado” aunque “siempre habrá excepciones de gente desinflamando y malintencionada” subraya.

Una idea que Amparo Lasen respalda y atribuye incluso a una distinción de género asociada a una sociedad patriarcal en la que se diferencia lo que ella llama “sexo bueno” y “sexo malo” y es que, descartando que sea ya un tema tabú, la profesora sí atribuye al sexo masculino una “mayor facilidad para hablar de estos temas”. Asimismo, concluye señalando de manera rotunda que hay personas que la no ven más allá y “siguen asociando la masturbación a una decadencia de las relaciones sexuales”, temas que ella califica como independientes.

Así pues, podemos concluir que si bien se ha producido un incremento en la venta de este tipo de productos asociado a una liberación sexual, nos queda aún mucho camino que recorrer ya que, no está considerado todavía como algo normal o se asocial a prejuicios que deberían haberse superado.