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Periódico universitario UCM en la web 2.0

Islandia, una semana en la Ring Road

IMG_6558Islandia. Te frotas las manos. Uf. ¡Qué frío, qué viento! Te ajustas el gorro, te subes los guantes. La mochila pesa sobre los hombros y las gafas de sol cazan los reflejos del sol sobre esa manta de nieve que lo cubre todo. Wow. Miras a tus compañeros y sonríes. Ya estamos aquí. 12 horas de viaje, tres países y al fin plantamos los pies sobre la meta. El horizonte son montañas, una estepa de hielo y la carretera zigzagueante que se pierde en la distancia. Islandia. Lo sabemos.

¿Cómo demonios hemos acabado aquí?

Todo comenzó como una idea loca a medio camino entre Madrid y Cracovia, una que nos ha llevado 2.893 km lejos de casa, a una isla en medio del mar, a un país de trolls, nieve y volcanes. Y como todos los grandes viajes, la planificación la llevamos en andamios.

El mapa todavía intacto nos marca la ruta a través de la carretera 1, la Ring Road. Un camino circular que empezará en la capital de la isla, Reykjavík, que nos llevará por las playas negras del sur, los escarpados fiordos del este, que trepará hacia el gélido norte y peinará los volcanes del oeste antes de traernos de vuelta a casa. Pequeños puntos rojos señalan los pueblos a lo largo del camino, un itinerario que tenemos claro no vamos a cumplir, un puñado de nombres que todavía tenemos que aprender a pronunciar.

¿Seyðisfjörður?¿Akureyri? ¿Tröllaskagi?

Recuerdo como anunciábamos nuestro viaje a todo aquel que quisiera oírnos. No, no tenemos ningún hotel reservado. Bueno, sí, hemos alquilado un Micra. Sí, correcto, volcanes activos y tierras sulfurosas. ¿De qué testamento hablas?

Pero nos preparamos. Durante todo el mes anterior a aquel 29 de marzo nos pasamos horas recabando información, descubriendo qué ver, qué evitar, qué comer, qué llevar. No deja de tener gracia, planificamos el viaje como una lista de deseos épica, verlo todo, hacerlo todo, sabíamos que no llegaríamos, pero teníamos tantas ganas que nos daba igual. Y tal vez por eso, al final, lo hicimos.

Y allí estábamos, con todo lo que un viajero pudiera desear: un Micra a prueba de balas, un maletero a reventar de comida, 5 CDs de música y un frisbee a estrenar. La sonrisa del aventurero pintada en nuestras caras ante los diez días más locos de nuestra vida. Suena “500 miles”.

Arrancamos el coche.

 

 

Día 1: Bienvenidos a Islandia

  • Aeropuerto de Keflavík: A 50km de Reykjavík, inevitable punto de partida. Consigue un coche de alquiler -se pueden contratar por internet- y coge un buen mapa de carreteras para iniciar la aventura.
  • Parque Nacional de Þingvellir: De fácil acceso junto a la capital, es imprescindible un paseo por medio de la dorsal atlántica, que separa las placas tectónicas de Norteamérica y Eurasia. La grieta por donde se separa el mundo y el Parlamento de los primeros pobladores de la isla.
  • Fumarolas en Hveragerði: Una serie de columnas de humo en medio de la llanura nevada llaman la atención a un lado de la Ring Road: son fumarolas provocadas por las aguas termales volcánicas bajo tierra, en medio del pueblo.

 

Día 2: El Círculo Dorado

  • Entrar en un volcán: Kerið es un volcán solitario aparece justo al lado de la carretera hacia Geysir, apagado a causa de la escoria volcánica. En verano se forma un lago en su interior; en invierno, se cubre de hielo y nieve que permite introducirse y caminar dentro de él.
  • Geysir & Gullfoss: A su derecha un enorme centro comercial y aparcamiento; a su izquierda, el geiser de Strokkur, con sus potentes explosiones de vapor de agua cada 4-5 minutos. El ‘Geysir’ original está apagado desde hace tiempo. Y más adelante, están las impresionantes cascadas de Gullfoss, en otra de las grietas de la dorsal atlántica.
  • Puesta de sol en Seljalandsfoss: Al pie del macizo donde se levanta uno de los glaciares del sur, cae esta preciosa cascada. Combinada con los colores de la nieve y el cielo, el mar y las montañas durante la puesta del sol, se generan unas sensaciones absolutamente fascinantes.

 

Día 3: De montaña y playa

  • La montaña frente el mar: Dos desvíos interesantes en la zona más al sur de la isla: la caudalosa cascada de Skógafoss, que se puede ver desde abajo y desde arriba; y la lengua del glaciar Sólheimajökull, el más accesible a través de una bacheada carretera.
  • Un avión abandonado: Cerca de este glaciar, dejando la Ring Road a la derecha, sale un sendero solo marcado por las ruedas de todoterrenos. Tras 45 minutos de caminata en la interminable llanura nevada que une la montaña con el mar, aparece un avión abandonado justo enfrente de las playas. Una experiencia curiosa.
  • Las playas del sur: Las frías aguas del Atlántico Norte mueren con furia inusitada en las costas volcánicas y playas de arena y rocas negras, dibujando unos acantilados estéticamente preciosos, como esculturas levantadas por el mar. Solo hay que sentarse en Dyrhólaey o Reynisfjara y disfrutar del sonido del mar rompiendo con la tierra.

Día 4: Naturaleza en estado puro

  • Inmensos glaciares: En Islandia el clima no perdona, pero deja estampas absolutamente crudas de la naturaleza. Caminar con frío y viento, en silencio, sobre la roca erosionada por descomunales lenguas de hielo que se deslizan montaña abajo desde Vatnajökull hacia llanuras devastadas durante miles de años por su acción, es una experiencia que marca.
  • Un lago con icebergs: Las silenciosas aguas de color grisáceo del lago Jökulsárlón conducen directamente enormes bloques de hielo desde el glaciar hacia el mar. Las focas campan a sus anchas por la zona.
  • Fiordos orientales: La carretera que serpentea bordeando los fiordos del este de Islandia es el paraíso para conductores y fotógrafos. Impactantes riscos caen directamente a un mar embravecido desde más de 800 metros de altura durante más de 200 kilómetros de camino donde no vive un alma. Termina en Seyðisfjörður, un encantador pueblo encajado en un fiordo solo accesible por una carretera imposible.

 

Día 5: Asomarse al interior

  • Termas en Myvatn: Tras superar las sierras agrestes de la zona noreste de la Ring Road, se abre la llanura que rodea al Lago Mývatn, completamente fisurada por la acción geotérmica. Un baño en sus aguas termales, con espectaculares vistas, resulta una relajante parada imprescindible en el camino.
  • La Cascada de los Dioses: Goðafoss aparece casi sin esperarla, en una de las múltiples grietas que se abren en los alrededores de Mývatn, visibles desde cualquier colina. Acercarse al pie de esta descomunal cascada es posible, acogido por el envolvente sonido que realiza su enorme caudal al caer, casi congelado, sobre el río.
  • Akureyri: El único gran núcleo de población de la isla, además de Reikiavik, se sitúa en el norte. Sin nada especial, es una parada necesaria para recargar provisiones, pasear, volver a pisar una acera y tomar una cerveza en la única calle relativamente animada. Si el agotamiento todavía no ha acabado contigo, claro.

 

Día 6: Un país de contrastes

  • La península de los Trolls: Las montañas que se levantan en Tröllaskagi caen como toboganes colosales sobre el ingobernable mar que golpea, bajo el habitual clima inestable, uno de los puntos más al norte de Islandia, rozando el Círculo Polar. Se recorre por el exterior, ya que el interior está poblado por seres mitológicos que dificultan su acceso.
  • Las llanuras del noroeste: La excepcional geografía islandesa permite pasar de la montaña y el mar a inmensas extensiones llanas en cuestión de pocos kilómetros. El viento se acentúa, todavía más, mientras caballos de largas cabelleras observan el pasar del tiempo.
  • Sæberg: En un desvío casi imperceptible de la Ring Road hay una granja que ofrece alojamiento barato y tranquilo. Está asomada al frío mar y abierta al molesto viento. Algo que se olvida con un paseos relajante por el fiordo y una pequeña terma al borde de este para finalizar el día de la mejor manera.

 

Día 7: El fin del mundo y del viaje

  • Snæfellsness: No es por casualidad que Julio Verne eligió este paraje para comenzar su Viaje al Centro de la Tierra. En la punta de esta península que se alarga como un brazo por el oeste, se erige el volcán, con su correspondiente glaciar, que gobierna esta zona a escasos metros del mar.
  • Punta de Öndverðarnes: Hacia la costa, un paisaje casi inerte, poblado de rocas con musgo, negros cantos redondeados, un pequeño faro y una sorprendente playa de arena dorada. Hacia el mar, el fin del mundo.
  • Reykjavík: La capital islandesa no tiene mucho que ofrecer aparte del descanso del guerrero. El día se supera de pasea entre casas prefabricadas de colores vistosos y el frío viento del puerto que se cuela por las calles. Laugavegur, paralela a la línea de mar, es la calle más animada, también cuando cae la noche, con su inusitado ambiente de fiesta.

2.600 km después, devolvemos las llaves de nuestro quinto compañero motorizado y contemplamos la última tormenta de nieve cubrir el aeropuerto. Algunos turistas salen cubriéndose como pueden. Nos reímos. Novatos.

Islandia nos devuelve a casa de una pieza es cierto, pero no exactamente iguales. Siempre ocurre así ¿verdad? Aquel que coge la mochila a la ida, no es aquel que la deposita a la vuelta. 7 días que pueden cambiar tu mundo. Un viaje que no olvidaremos nunca.

Una autentica odisea.

 

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8 Comments

  1. Magnífico reportaje, estupenda narración e imagen. Conseguís que nos quedemos hasta el final del viaje, enhorabuena chicos! (PD: qué envidia!! )

  2. Un reportaje súper completo y muy interesante. Entran ganas de ir solo con leer el principio y ya con los vídeos ni te cuento. Me lo apunto para mis próximos viajes. Me ha encantado.

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