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Periódico universitario UCM en la web 2.0

La educación inclusiva en la Universidad Complutense

Fomentar la educación inclusiva es uno de los objetivos prioritarios, si no el más importante, de cualquier centro de estudios, ya sea institucional o universitario. Impulsar la presencia y la integración de alumnos con discapacidades físicas y/o psíquicas se ha convertido en una máxima en el ámbito educativo (y, por extensión, también en el laboral). Tales afirmaciones no re-descubren la pólvora, pero sí tratan de dar la medida de la situación actual por la que está pasando la educación a nivel, nos atreveríamos a decir, global. Se trata de una materia en la que numerosas universidades llevan años trabajando codo con codo con asociaciones e instituciones, buscando soluciones a los problemas -tanto de infraestructuras, como académicos- que puedan encontrar alumnos con discapacidad de cualquier tipo.

En esta coyuntura, la Universidad Complutense sigue cumpliendo gran parte de sus proyectos de inclusión. Uno de los ejemplos que más orgullosos les hace sentir como institución académica, según el Vicedecano de Estudios, Ángel L. Rubio, es la rampa que da acceso al edificio principal de la Facultad de Ciencias de la Información. Un proyecto que, si bien aún está en fase de ejecución, ya ha supuesto un gran avance para que los alumnos que posean una discapacidad motora no encuentren ningún problema para acceder a las instalaciones. Y de acceso también trata la herramienta con la que, bajo la opinión de Rubio, la Universidad Complutense ha dado en el clavo: el Campus Virtual. “El hecho de que los alumnos puedan acceder a la documentación a través del campus nos ha permitido avanzar en una dirección positiva en materia de inclusión y de facilitación para alumnos con discapacidad”, subraya. En esa misma línea trabajan desde la Oficina para la Inclusión de Personas con Diversidad (OIPD), con el objetivo troncal de asegurar un alto grado de implementación de cambios y nuevas herramientas y recomendaciones que espoleen la solvencia de necesidades especiales para estos alumnos, en contacto directo con las numerosas asociaciones con las que colaboran día a día (ONCE, CSNE o FIAPAS).

¿Y LAS DISCAPACIDADES MENTALES O PSÍQUICAS?

Paradójicamente, la accesibilidad del Vicedecano de Estudiantes y máximo responsable de esta oficina en la Facultad de Ciencias de la Información, José Antonio Jiménez de las Heras, queda sujeta a la relatividad de su calendario, así como la de tantos otros encargados de llevar a buen puerto las respectivas OIPDs de cada Facultad, como Rubén Carnerero (Derecho) o Mabel Ramos (Medicina). Por este motivo, sus testimonios no han podido ser incorporados al grueso del reportaje. Una no pronunciación que contrasta con las labores que desde la Oficina se gestan y llevan a cabo. Un silencio que extraña e inquieta a aquellos que necesiten una información de primera mano sobre la capacidad de estas oficinas para sacar adelante proyectos de inclusión, sobre cómo tratan los distintos casos de aislamiento derivados de una discapacidad o, a grandes rasgos, qué pueden esperar los alumnos discapacitados de nuevo ingreso en la Universidad Complutense. Respecto a esta disquisición, Ángel L. Rubio sí sale al quite para subrayar que “esta universidad aporta preocupación por sus alumnos”. Al menos, así lo sustenta con su propia experiencia, en la que en más de una ocasión ha “cedido apuntes a distintas asociaciones para que los adaptasen a los alumnos en cuestión”. Una regla no escrita que “todo el profesorado debería adoptar, ya que entra dentro de las acciones de pura lógica que debemos llevar a cabo”.

Para poder acceder a la base de datos de la OIPD, basta con que los alumnos rellenen un formulario de inscripción (PDI o PAS, dependiendo de la discapacidad) en el que concreten los motivos de su “necesidad especial”. Un documento fácilmente accesible, al igual que las distintas guías, recursos y materiales de apoyo que la Facultad pone a disposición del profesorado. Uno de los documentos que mayor importancia guarda en el índice es la guía de acercamiento a alumnos con Síndrome de Asperger. En ella se explica cómo actuar y adaptarse a un alumno con una de las discapacidades psíquicas con menor tasa entre jóvenes (un estudio hoy vigente realizado por Ehlers y Guillberg en 1993 alumbra que 3 de cada 1.000 niños tienen Asperger) y, por tanto, más complicada de afrontar.

“La inclusión no sólo depende de crear rampas, que es crucial y muy importante, sino de crear una conciencia social entre profesores y alumnos, de modo que la integración sea cada vez más satisfactoria, rápida y efectiva”, conmina Silvina Funes, coordinadora de la OIPD en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense. “En Ciencias de la Información”, aclara Ángel L. Rubio, “existe un gabinete [PSICALL] de atención psicológica para todo aquel alumno que lo necesite” y que nació el pasado mes de junio como parte del proceso de adaptación que está experimentando la Universidad en este tipo de casos. Con ello, “se pretende establecer un marco operativo muy rico y necesario en lo que a la creación de conciencia se refiere”, así lo asegura la profesora Funes: “Desde la Facultad de Educación se organizan jornadas y campañas en los que miembros de asociaciones acceden a contar su experiencia a los alumnos que asisten”. Una de estas es UNI2, con la que la institución ha empleado la figura del mentor. En otras palabras: han revitalizado la conciencia de los alumnos que quieren tender la mano y acompañar durante su estancia en la Universidad a todos aquellos compañeros que requieran necesidades especiales.

Francisco José Estupiña es el responsable de PsiCall, en lo que lleva en el cargo confiesa que “ha habido más casos de alumnos sin discapacidad que con discapacidad”. Puede parecer evidente por la proporción de unos y otros alumnos, pero no deja de llamar la atención que todavía -seis meses después de su inicio- no haya un acercamiento del servicio hacia el alumno independientemente de su necesidad, a la que, señala, “siempre tratan de adaptarse”. No obstante, Estupiña asegura que están “trabajando para programar talleres presenciales en Facultades y Colegios Mayores para reforzar el conocimiento de PsiCall entre el personal docente de la universidad”, de modo que su actividad no sólo quede reducida a su presencia digital en redes de difusión, sino que de alguna manera todos los alumnos tengan la oportunidad de ser partícipes de forma directa. El servicio es joven y la evolución, favorable. Prueba de ello es que ya han “trabajado con alumnos que necesitan de una atención especial, colaborando estrechamente con los centros de salud mental y respetando las prescripciones médicas previas para no alterar las rutinas del alumno y, de este modo, contribuir a fortalecer las recomendaciones que desde allí se impulsan”, concluye Estupiña.

ADAPTACIÓN EN EXÁMENES

Charlando con la Coordinadora del Grado de Periodismo, Graciela Padilla, se hace evidente la cadena de trabajo que desde hace varios años se ha establecido en la Facultad de Ciencias de la Información. Si bien Padilla señala que al no ser “responsable directa de las personas con discapacidad en el grado de periodismo” las quejas que pueda haber (aunque argumenta que, “gracias a que se están haciendo bien las cosas y cumpliendo con los requisitos de inclusión en la facultad”, son muy pocas las veces que le llega alguna incidencia por parte del alumnado) las comparte con Jiménez de las Heras, ella mantiene una relación muy cercana con el alumnado. “Soy interlocutora entre el alumno y el departamento, una primera guía o un primer contacto” afirma Padilla sobre sí misma, antes de apuntar que no deja de haber avances en materia de adaptación a las necesidades del alumnado discapacitado, “desde la eliminación de barreras arquitectónicas, la adecuación de todos los espacios de la facultad, la comunicación con el profesorado que tiene alumnado con discapacidad, así como la adecuación de los materiales de estudio y de las pruebas de evaluación”.

Sobre esto último, Padilla se defiende de las voces que acusan a parte del profesorado de no adaptar los exámenes a las necesidades de los alumnos con discapacidad. “Todas las pruebas de evaluación se adecuan a la discapacidad del alumnado que lo necesite. Si no ocurriera, el alumno/a puede acudir al Vicedecano de Estudiantes, en cualquier momento del curso, o transmitirme una queja oficial para que yo la transmita”, sentencia antes de explicarnos que “la responsabilidad del alumnado no discapacitado es importante”, pero que siente tranquilidad porque, aunque “lamentablemente, la comprensión y buena fe de los demás estudiantes” no entra en sus competencias, considera que contamos “con una facultad muy sensibilizada”. José Montoya, alumno de periodismo que vive su cuarto año en la Facultad, explica que se siente “muy orgulloso” de los compañeros que ha tenido porque “en la Universidad Complutense nadie te excluye”.

INCOMODIDAD Y DEPENDENCIA

Montoya mantiene la ilusión en su vocación, el periodismo radiofónico, pero reconoce que aunque siempre se ha sentido “apoyado por a Oficina de Inclusión para Personas con Diversidad” ha encontrado algún con otro problema con el profesorado. “Para solucionarlo, bastó con hablarlo detenidamente, pero no debería ocurrir que tengamos que ir nosotros detrás, sino que sepan de entrada que vamos a necesitar ciertas cosas”. No sólo nos habla de profesores, a los que agradece “el esfuerzo de adaptarse”, sino también de las infraestructuras. El joven alumno subraya repetidas veces que, a pesar del proyecto que está sacando adelante la Facultad -la rampa de acceso- él seguirá “accediendo por la zona de la cafetería, ya que”, asegura, “es mucho más rápido porque el ascensor te deja en la planta que necesites, mientras que si tenemos que esperar a que el elevador esté operativo pueden pasar hasta 30 minutos”. De hecho, Montoya confiesa que ha llegado tarde a varias clases y que, incluso, no pudo asistir a una de ellas por la tardanza del mecanismo y los conserjes, de quienes dependen demasiado y quienes no sólo se ocupan de este tipo de problemas recurrentes.

Uno de los testimonios que coinciden con las denuncias de Montoya sobre la cantidad de tiempo que tarda en tener disponibles los elevadores, es del José Manuel Martín, alumno de Grado, Máster y ahora primer alumno con discapacidad en acceder al Doctorado en la Facultad de Ciencias de la Información. A pesar de su estrecho vínculo con la Facultad, sigue sorprendiéndose de ciertos sistemas que siguen sin funcionar. “Me resultó curioso ver cómo este alumno con discapacidad no tenía una independencia plena para poder usar el elevador”, señala para seguidamente proponer una medida que podría mejorar la comodidad de alumnos con silla de ruedas: “Darle una llave de los elevadores a estos alumnos no creo que suponga tanto, y además soy incapaz de pensar que una persona que necesita de este tipo de sistemas para transitar por la Facultad vaya a hacer un mal uso de ello”.

Reflexión que hasta ahora no ha sido llevada a la praxis por los organismos de la Universidad. Ante todo, y es lo que plantea Martín, se debe facilitar la accesibilidad y el movimiento para alumnos con discapacidades físicas, de modo que la dependencia de otros profesionales -bedeles, que no sólo tienen esa responsabilidad- sea mínima o inexistente. El objetivo está claro y las razones para no llevarlo a cabo -prevención, gasto- son insuficientes como para considerarlas válidas. Pese a ello, la Universidad Complutense sí ofrece cursos y se involucra en jornadas que difunde a través de redes sociales (en Twitter @diUCM), en las que recientemente han anunciado la convocatoria de plazas para alumnos discapacitados que quieran viajar con Beca Erasmus, así como la charla que tuvo lugar el pasado 23 de noviembre en la Universidad de Comillas, donde se habló sobre la salida laboral de aquellos alumnos con discapacidad que logran su objetivo académico y desean lanzarse al mercado en busca de ofertas que se adapten a sus necesidades y aportaciones. Pero, de momento, no elimina otros límites.

ADAPTACIÓN Y ABANDONO ESCOLAR

La adaptación es algo que José Manuel Martín cree que depende en gran parte del propio alumnado con discapacidad. “Sí creo que los alumnos con discapacidad debemos implicarnos más, aunque a veces es cierto que nos cuesta asumir la diferencia con el semejante”, subraya. Y es que, aunque apela a todo el mundo para fomentar la inclusión en los centros educativos, sostiene que “alumnos y profesores no tienen una responsabilidad directa, sino que también depende de que el alumno con discapacidad esté dispuesto a estudiar y esforzarse”. Sin embargo, en numerosos casos encontramos espacios en los que diversos comportamientos de otros alumnos -risas ante el discurso de un compañero con problemas para expresarse- arrojan luz sobre el principal problema: la conciencia social todavía no es plena. En ese sentido, la ONCE trabaja para que no sólo las infraestructuras y los materiales estén completamente disponibles, sino para que el resto de actores sean conscientes de lo que pueden hacer para facilitar la etapa educativa a sus compañeros. De ello habla la Comisionada para Universidad, Juventud y Planes Especiales de la Fundación ONCE, Isabel Martínez Lozano. “La Fundación ONCE trata de incentivar la educación superior con los llamados ‘Campus Inclusivos. Campus sin límites’, con los que se busca reducir la tasa de abandono temprano entre los alumnos universitarios con discapacidad”.

Mientras que la tasa de abandono escolar temprano entre la población general se sitúa en un 23%, la tasa de abandono entre las personas con discapacidad alcanza el 53,8%, un dato preocupante que, según Martínez Lozano, tiene mucho que ver con la relación que los alumnos mantienen fuera de las facultades. “Campus Inclusivos’ son para muchos la primera oportunidad de salir de casa y vivir una experiencia de ocio y educativa fuera de su entorno. En este sentido, es impresionante ver cómo para algunos de los jóvenes esta primera experiencia les cambia la perspectiva y la manera de afrontar sus oportunidades, posibilidades y capacidades”. A esta acción hace referencia José Montoya cuando culpa a la Universidad Complutense de no promover actividades fuera del ámbito académico (dando la opción a los participante de obtener créditos ECTS por integrar) que sí están teniendo lugar en centros del País Vasco.

“Somos unos agitadores y colaboradores y nuestra actitud y manera de cooperar es mostrándonos abiertos a ayudar. Para la Fundación ONCE las universidades son un actor clave y un aliado para promover programas que contribuyan a impulsar la educación superior y la inclusión”. La responsabilidad de las universidades es evidente y, aunque se están llevando a cabo proyectos e iniciativas que no sólo aseguren una infraestructura completamente accesible, sino también una concienciación social, todavía queda mucho trabajo por hacer. Y sorprende que las facultades del mayor campus universitario de España todavía estén a la zaga en la implementación de campañas como la mencionada por Martínez Lozano y demandada por alumnos como José Montoya: una integración académica y personal. Se trata de desarrollarse como profesional y estudiante, pero sin perder la principal característica del ser humano: la relación con los demás.

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