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Periódico universitario UCM en la web 2.0

Arbitrar, más que un modo de vida

Este trabajo nunca se ‘pagó’ tan caro, pero los colegiados están dispuestos a afrontar cualquier precio para alcanzar sus metas

 

El barco del fútbol está, a menudo, aparentemente tripulado por los jugadores, los cuales copan todo el protagonismo o al menos el positivo. Aun así, lo cierto es que los verdaderos encargados de la sala de máquinas dentro del rectángulo de juego son los árbitros, los colegiados, los de amarillo. De ellos sólo se habla para mal, mas no pronuncian palabra jamás. Es su momento, el de conocer los entresijos y la humilde opinión de los que se enfrentan, a pecho descubierto, a la multitud de desdichas que ampara el mediático mundo del deporte rey.

 

Granada, ciudad nazarí y última resistencia en la caída de al-Ándalus, respira fútbol desde sus más célebres montañas a sus más relajantes playas, en otras palabras, desde Sierra Nevada a Almuñécar. Sus gentes son tan futboleras como ‘salás’ y es por ello que se hace vital conocer de la mano de sus profesionales el mundo del arbitraje. Son días difíciles para evaluar con acierto una situación que los medios exponen a diario. Los conflictos y las agresiones a los colegiados son la gran lacra del deporte de once contra once. Resulta primordial, por tanto, conocer de la mano de Luis Alcoba, delegado provincial del Comité Técnico Andaluz de Árbitros de Fútbol, el momento en que se encuentra el arbitraje, la preparación de los que se suman al cuerpo y la forma en que debemos mirar al futuro más próximo.

Con las bases de la situación actual sobre la mesa, aparece la necesidad de dar un paso al frente, de descubrir la forma en que los colegiados reflexionan. Manuel y Marina forman parte del grupo de árbitros de Granada y se encargan de dirigir los choques de categorías amateurs. Sus actuaciones en el polideportivo de Padul durante varios partidos de categorías benjamín y alevín les cuestan una retahíla de abucheos. Aun así, su formación y sus recomendaciones de no saltarse la línea de discurso pactada, hacen que sus palabras quiten hierro al asunto. Lo cierto es que los familiares de los más pequeños llevan situaciones de juego al campo más incrédulo, a conflictos y agresiones, acompañados, claro está, del mal ejemplo que queda patente.

Los altercados en los terrenos de juego han existido siempre, tanto es así que incluso con mayor repercusión en los medios de comunicación podría darse el caso de que se estuvieran reduciendo. Los partidos de categorías poco relevantes suelen ser el cuadrilátero donde se llevan a cabo. Podría decirse, casi de forma unánime y con tanta pena como poca duda, que no existe árbitro a salvo de haber sufrido penurias en su labor. Cómplice de esta teoría es Enrique Quesada, árbitro granadino de tercera división que vive sus momentos más dulces dentro de la profesión tras un largo camino recorrido. Él también sabe lo que es sufrir una agresión durante un partido de fútbol, a pesar de reconocer la casi imposibilidad de producirse un conflicto en los choques que ahora dirige.

Queda claro que hasta las torres más altas hubo un momento en el que se derrumbaron, pero el amor a la profesión ayuda a la hora de levantarse. El fútbol profesional, custodiado por los cuerpos de seguridad del Estado por el mero hecho de atenerse a concentraciones de gente oportunas para su presencia, es un lugar plácido para los árbitros. En cambio, los problemáticos partidos amateurs tienen en nuestros días difícil solución. En esta labor se implica Daniel Benavides, encargado de las categorías inferiores del AD Albuñol. Este entrenador y formador de pequeños futbolistas se enfrenta en su día a día al reto de inculcar los valores oportunos para garantizar el buen comportamiento. Deportividad por encima de competitividad, compañerismo en vez de individualismo y, sobre todo, formación a pequeños, pero más aún a sus progenitores.

Al final, el fútbol no es única y exclusivamente de los jugadores. El deporte que comanda nuestro país se compone, como el más complejo puzle, de innumerables piezas. Desde el árbitro que da sus primeros pasos hasta el más veterano, pasando por los encargados de dirigir los órganos competentes, o desde el entrenador que forma a los más pequeños hasta el que lo toma por profesión, cruzando por la labor de los familiares en el proceso. Al final, el que impone las normas sobre el césped es el del silbato y, nos guste o no, deberíamos tener siempre presente que él también quiere hacer su trabajo lo mejor posible. Arbitrar es una forma de vivir, es vivir siendo un valiente.

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